Las corridas de toros no son juegos inocentes que a uno le puedan « gustar » o « no gustar », sino ejecuciones capitales, en público y en una arena, de víctimas animales previamente designadas.
Los toreros son torturadores que tienen las manos ensangrentadas y los que miran desde las gradas son individuos estúpidos.
Crueldad, oscurantismo, imbecilidad : eso es la corrida.
Muchas veces se aserran los cuernos de los bovinos, lo que les causa un intenso dolor ; es lo que se llama el « afeitado », que reduce la capacidad del animal para defenderse de sus atacantes.
En la arena, el toro no tiene ninguna posibilidad de escapar, mientras que para los hombres sí se han construido refugios.
Después de una serie de pases de capa ejecutados por un torero que trata de confundir al toro, cansarlo y reducir sus fuerzas, interviene el picador.
El picador es el verdugo montado a caballo, que inflige al toro profundas y sangrantes heridas con una lanza terminada en una punta triangular de acero, filosa como una navaja.
Con todo su peso, el picador clava la lanza una y otra vez en el cuerpo del toro, barrenando repetidamente la herida y lastimando los músculos del animal, haciéndolo sangrar abundantemente. Mientras, el toro trata de defenderse con cornadas, pero el jinete está fuera de su alcance y el que recibe las cornadas es el caballo. Casi siempre herido, y muchas veces volteado, el caballo está tan aterrorizado que para obligarlo a quedarse inmóvil en la arena delante del toro, se le vendan los ojos, se le tapan las orejas y muchas veces lo drogan.
La corrida sigue con la colocación de banderillas que los toreros clavan con fuerza en el cuerpo del toro ; las banderillas son bastones de madera terminados en una punta de hierro de varios centímetros que penetran en la carne del animal causándole dolor y agrandando con cada movimiento sus heridas.
En el momento del sacrificio del toro, el matador toma una espada con la cual atraviesa el pecho del animal, una o varias veces. Para terminar esta sesión de tortura, cuando el toro ya está en el suelo bramando de dolor y con la sangre saliéndosele por el hocico, se le clava y se le remueve en la cabeza un puñal.
En la arena, el jinete (que puede ser hombre o mujer), llamado rejoneador, tortura al toro clavándole banderillas en el cuerpo. Al toro lo matan en público con el rejón, un cuchillo largo envuelto en papel de color, el cual le provoca una herida profunda y una hemorragia interna.
En estas corridas se utilizan caballos sin protección, y son ellos, y no el jinete, los que reciben las cornadas del toro. Muchas veces resultan heridos y a veces mueren con el pulmón desgarrado o con la panza perforada y las entrañas fuera.
Se anuncia falaciosamente sin sacrificio del toro, porque éste no tiene lugar en la arena, pero se le mata fuera de la vista del público. En estas corridas intervienen jinetes armados de banderillas con punta de acero que clavan en el cuerpo de los toros, causándoles profundas heridas. En la arena se somete al caballo aterrorizado a un suplicio sin fin, pues su jinete lo espolea cruelmente, mientras el freno le corta el hocico. Aquí también el que recibe las cornadas es el caballo, y no el jinete. Como todos los animales amaestrados, estos caballos sufren muchos maltratos para obligarlos a someterse por completo.
Al final del espectáculo, cuando el toro, agotado
y lleno de banderillas, ya no tiene fuerzas, unos hombres llamados forcados
le caen encima, lo inmovilizan, lo pescan por la cola y le tuercen el pescuezo
antes de sacarlo de la arena para sacrificarlo.
Antes del espectáculo, se inmoviliza al toro en una cabina y se le atan en los cuernos una cuerda y dos trozos de cinta.
Cuando se lleva al toro a la arena, unos hombres llamados « rasuradores », que llevan en la mano una temible arma que es un gancho metálico, corren al alcance del animal y tratan de arrancarle las cintas.
Gancho metálico utilizado en las corridas camarguesas. Los
toros reciben varias heridas en la cabeza. A escala natural, el gancho mide
11 cm de largo.
Durante la corrida, el gancho hiere repetidamente al animal, y aunque las heridas no sean aparentes, sí son dolorosas. Muchas veces se hiere a los animales en la cabeza, y algunos de ellos salen de la arena con el morro ensangrentado, otros con lesiones en los ojos, quedando a veces tuertos.
Cuando el toro, provocado por los hombres, los persigue, ellos saltan fuera de la arena. En cambio, la carrera del animal se detiene en una cerca contra la cual choca violentamente, quedando a veces cojo.
Se requieren varios días o semanas para que los toros se recuperen de estos traumatismos y vuelvan a salir a la arena para rentabilizar nuevos espectáculos.
Se transporta a las vacas en camión, a distancias más o menos grandes.
Antes del espectáculo, se les encierra en cabinas metálicas individuales. Alrededor de sus cuernos se ata una larga cuerda, uno de cuyos extremos queda fuera de la cabina, y cuando se conduce la vaca a la pista, dos o tres hombres la dirigen con la cuerda hacia una cerca de madera.
Detrás de la cerca, un hombre tira de la cuerda haciendo que la cabeza de la vaca golpee violentamente contra ella. Todas las partes de la cabeza del animal se golpean, incluyendo ojos, narices, cuernos, repetidas veces.
Así se infligen a la vaca aguijonazos o garrotazos, patadas, puñetazos, para obligarla a correr hacia el centro del arena. Ahí, un hombre salta sobre el animal, cuya cabeza se mantiene sujeta con la cuerda. Muchas veces tiran brutalmente de la cuerda para hacer que la vaca cambie su trayecto, causándole nuevos sufrimientos.
Agotado, jadeando, con espuma en el hocico, llevan al animal siete u ocho veces a la cerca, donde lo siguen maltratando en cada nuevo espectáculo.
Se llevan a la arena vacas o toros jóvenes. Ahí, por largo tiempo, unos individuos les tuercen el pescuezo, los hacen caer, se les sientan encima, los obligan a meterse en un estanque, queman petardos, los obligan a caminar sobre dos patas. Sin hacer caso de los bramidos de dolor de los animales, los martirizan de múltiples maneras.
La explotación de estos animales se repite en cada representación.
Se saca a los animales de su medio habitual y se les lleva a la ciudad. Unos jinetes armados con tridentes metálicos los rodean y los empujan brutalmente; los toros corren por las calles, hiriéndose las patas con el duro pavimento. Perseguidos por los jinetes, los gritos de la multitud y algunos espectadores que los golpean, tratan de escapar aterrorizados.
Para atraer a los turistas con fines de lucro, se llama « fiesta » al herrado.
Cruelmente, con un hierro al rojo vivo, se marca a los jóvenes bovinos. Varios hombres los sujetan en el suelo, bramando de dolor, mientras los queman ferozmente.